viernes, 30 de noviembre de 2012

La frase del mes.

Publio Vergilio Marón, conocido entre nosotros como VIRGILIO (70-19 a.C.), nació en Mantua, al norte de Italia, en el seno de una acomodada familia campesina. Formado en Cremona, en Milán y finalmente en Roma, consiguió aquí ingresar en el círculo de Mecenas, animador y patrocinador de la escena cultural romana y amigo personal del emperador Augusto.  Fue Virgilio autor de las Bucólicas, colección de poesías pastoriles inspiradas en la obra de Teócrito de Siracusa, y de las Geórgicas, largo poema didáctico sobre el cultivo de la tierra aderezado por vistosos cuadros mitológicos; pero su fama universal se debe a su ENEIDA, poema épico en doce libros o cantos sobre los antecedentes míticos de Roma a partir de Eneas, héroe troyano que consiguió escapar de la destrucción de su ciudad por los griegos y acabaría iniciando en Italia una dinastía que sería el origen del linaje de Rómulo, fundador y primer rey de Roma. La Eneida toma como modelo supremo a la Ilíada y a la Odisea homéricas, pero consigue reunir en una sola obra lo mejor de ambas, adaptándolas al gusto romano... y al proyecto político de Augusto, el primer emperador, que buscaba justificación moral para su mandato personal después de las guerras civiles que desangraron al mundo romano al final del período republicano (s. I a.C.). Y, según algunos, Virgilio consiguió superar a su modelo literario griego creando una obra inmortal plena de ingenio poético e impregnada por un profundo humanismo, que se convirtió en la epopeya de Roma por excelencia.
 Virgilio entre las musas Clío y Melpómene (mosaico del s. IV). Museo del Bardo (Túnez).
En el libro II de la Eneida, el protagonista, Eneas, narra a Dido -reina fundadora de Cartago, que lo ha acogido como huésped en su largo viaje hacia occidente-, y a petición de ésta, cómo fue el final de Troya tras la estratagema griega del caballo; en este relato cuenta Eneas cómo él, una vez los griegos dentro de los muros, se las ingenió para reunir y animar a los jóvenes troyanos para la -finalmente inútil- defensa de la ciudad, en medio de la noche, el fuego y la muerte, arengándolos con esta frase:
 "Vna salus victis nullam sperare salutem":
"La única salvación para los vencidos está en no esperar salvación ninguna".

Después de dos mil años, este pensamiento puede servirnos hoy, en estos tiempos de crisis (de estafa), de recortes, de privación y de dolor, para no decaer en la lucha por nuestra dignidad ya que, como vino a decir Eneas (Virgilio) con este pensamiento, de la máxima desesperación puede surgir la mayor esperanza.

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